OPINIÓN | Anankáion
Astutos libertinos e ineptos depravados


Pelagio F. S. - Sábado, 09 de diciembre de 2017 (10:39:08)


Ni la historia nos ha enseñado, ni la familia nos ha educado, ni la escuela nos imbuido los más relevantes principios morales.

El ser humano del siglo XXI vuelve a su estado salvaje, a la más absoluta regresión cavernícola; hemos ido evolucionando a lo largo de nuestra vida, desde el compañerismo, la amistad y el cariño, hacia el desapego, la envidia y el desprecio. Lo peor es, que soslayamos todo lo positivo de las relaciones sociales y asumimos que de la discordia podemos sacar tajada.
¿Cómo es posible que el intelectual sea incapaz de convencernos de derechos como el bien, la igualdad y la libertad, y el rufián sea capaz de incitarnos a maldades como el odio, la desigualdad y el despotismo?.
Si no se respeta la ley, no hay libertad, y si no se respetan las libertades que nos hemos dado, estamos abocados al absolutismo nazi, comunista, fascista, madurista o podemita, pues de izquierdas o derechas, todos los extremismos conducen a dictaduras.
¿Qué parte de la lección no hemos aprendido? Como dijo Aristóteles: “La tiranía produce desconfianza, y debilita y degrada moralmente a los ciudadanos”; y para más ignominia se sirve de una parte de la sociedad para someter a la otra.
Somos ineptos e incompetentes para vivir largo tiempo en armonía y entendimiento, y en cuanto ostentamos el poder, desfalcamos el dinero público, nos endiosamos cual engreídos urogallos, y nos creemos distintos, superiores y xenófobos, tratando de aprovecharnos, de beneficiarnos malévolamente, situándonos incluso por encima del deber y de la ley.
Los castrados mentales de ultraizquierda o ultraderecha, que al fin y al cabo son ideologías idénticas, que montan su revolución rompiendo con la ley y el orden establecidos, utilizan débiles hordas ignorantes, amamantadas por la depravación de sus líderes, para subvertir la concordia. No nos engañemos; egoísmo, soberbia y codicia son sus arrogantes virtudes para humillar y reprimir al que no pertenece a secta tribal. Los señalarán, identificarán, marginarán y aplicarán la opresión y violencia hasta tratar de callarlos y subyugarlos.
¿Dónde quedan postulados morales como la responsabilidad, el respeto, la ecuanimidad, el altruismo, la verdad y la justicia? Deberes y derechos; sin embargo, nos escabullimos del cumplimiento de nuestros deberes, y exigimos derechos que no tenemos, si en su disfrute se vulneran los derechos de los demás. No podemos dictar normas y leyes para obtener privilegios y procurar desigualdades cívicas, si perjudican y esclavizan a quienes no son súbditos del patriarcado. El caudillo y sus secuaces cobistas piensan, que mientras lo aclamen y apoyen sus patrañas, no habrá problema y seguirán cebando a la hiena; pero cuando el ataque de la bestia afecte al bienestar social y económico, se levantarán contra ella hasta domeñarla o destruirla, incluso los que le dieron de comer.
Pues bien, la ingenuidad de los sátrapas y su diplomacia corrupta han conducido a la ruptura comunitaria y al escape de la burguesía empresarial, que los incautos adalides estimaban sus fieles mancebos. Después del daño causado, el sectarismo, el encono y enemistad sembrados entre amigos y familias, los antidemócratas tiñosos y los vasallos agradecidos, que viven de la extorsión, la mentira y el atropello, bien podían recibir una  dosis de dignidad y respeto, para mitigar el chantaje y la prevaricación que adornan su quehacer político.
El traidor de la convivencia, la igualad y la integración, detesta y aborrece el bienestar común, y desde su poltrona se convierte en un seductor vanidoso y altivo, que pregona su estafa a intocables enardecidos y plebeyos vividores del podrido pesebre, encargados de sustentar la catarsis a partir de su ruindad y su vileza. Su credo es propio de los más rancios nacionalismos; adoctrinan en la diferencia, la marginación y el racismo, y se aprovechan de que el estado de derecho y la aplicación de la ley es demasiado lenta cuando se transgreden las normas, sin embargo la insidia y la traición arden como la tea.
Ni en casa, ni en la escuela, ni en la democracia se puede ser bueno, y dejar hacer al que acostumbra a pasarse las normas por el forro de sus caprichos, pues la permisividad y la inacción conducen a la rebelión y a la violencia. “Más vale una vez colorao que cien amarillo”.
Los sinley deberían aplicarse lo que exigen a los demás y ellos no cumplen. Diálogo sí, pero siempre dentro de marco legal, y para ello los sediciosos subversivos tendrían que sufrir un ataque de honestidad y decencia, empezar a respetar los derechos de los discrepantes y no saltarse la ley cuando no les interesa su cumplimiento.
Quienes juraron o prometieron un compromiso con los ciudadanos que los votaron, se han convertido en impostores que disfrutan del apoyo de sus tiralevitas. El intolerante cree que su opinión es la única solución, así que el diálogo con quien no admite y respeta la opinión ajena, es inútil. En democracia existe un marco legal bajo el que opinar y discutir, para consensuar o disentir, pero el necio político afirma que todas las opiniones y soluciones deben tolerarse;  una evidente falacia que admitiría eludir las leyes y normas de convivencia, como podría ser, perdón, mearse en un escaño del parlamento. ¿Sería tolerable?
Con razón hemos perdido la confianza en las instituciones; y es que numerosos mediocres botarates que las rigen no se respetan ni a sí mismos. Esperemos que al final de semejantes agravios y tropelías, aunque tarde, “contemos con la huéspeda” que arregle el desaguisado.